Insisto en forzar a las palabras, en hacer trabajar a destajo a mis neuronas para conseguir una buena combinación de frases que me saquen de la mediocridad de mi rutina y de este insoportable aburrimiento.
Vivo a deshora, pero eso no es nuevo. Ahora nada me ocupa mucho menos me preocupa. Hago lo que quiero, cuando quiero y acepto lo que no puedo hacer sin rebelarme. No corre las sangre por mis venas...ahora camina. Creo que el tedio ha llegado hasta mis células y están cayendo una a una en una depresión irremediable.
Temo que la inspiración se aleje un día de estos, cansada ya de tanto esperar a mis manos. Estoy convencida de que en cualquier momento cogerá su abrigo de verbos, su maleta y se irá, dejándome el pasado, que por otra parte es lo único que nos une ahora mismo.
Me estoy volviendo tan horriblemente técnica que mi imaginación está hibernando. Tengo tanto miedo a eso...a todo este proceso no sé bien si biológico o mental que está ocurriendo en mi cuerpo.
Me consuela que las palabras siguen haciéndome soñar; aún saben a gloria.
Creo que el egoísmo me ha llevado a esto, a este sentimiento de impotencia y de rabia.
Siempre creí que las palabras eran mías y ahora sé que no es así, que tienen vida propia, que no viven atadas a mis hojas ni a mi cerebro. Y con pena he concluido que son tan independientes que han decidido abandonarme.